| Última versión, 1 de mayo del 2001 |
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De golpe, todo es contenido, todos quieren
contenido, se manifiesta la preocupación ante la falta de contenido en español en la
red, y los grandes grupos tratan de crear contenido; un ejemplo entre mil: el grupo
multimedia Bertelsmann acaba de empezar, junto con la americana iSyndicate, una empresa
especializada en la venta de contenidos para Internet.
A quien no haya seguido de cerca la jerga de la red,
estas afirmaciones le pueden sonar extrañas: contenido siempre ha sido "lo que se
contiene dentro de una cosa" (según el diccionario de la Academia), por ejemplo:
"el contenido de una botella". O todo lo más alguien "que se conduce con
moderación o templanza"... Como el mundo de Internet no es ni moderado ni
atemperado, habrá que suponer que esos contenidos son "lo que está dentro".
Y así es: las instituciones han creado sitios web
contando lo que hacen, las empresas abren portales y vortales, y súbitamente todos
descubren que el público no acude así como así. ¡Lo que hace falta es
"contenido"! Esta terminología lo que descubre es un curioso fenómeno en la
evolución de la Internet: en muchos casos lo que se han creado han sido cáscaras, meros
contenedores. El uso proviene, claro, del inglés content.
Pero la palabra contenido no es inocente
(pocas palabras lo son): se califica de contenido a las noticias, a la literatura, a las
fotografías, a la música... a cualquier cosa. Y conviene recordar que estos elementos
son básicamente obras, es decir, para el Diccionario: "Cualquier
producción del entendimiento en ciencias, letras o artes". Y detrás de las obras
siempre hay personas, creadores, con sus derechos como tales. Y es grave asimilarlos a
"proveedores de contenido" (casi como si dijéramos "suministradores de
relleno para sofás"). Precisamente uno de los recientes conflictos entre una
agencias de imágenes, Corbis-Sygma, y sus fotógrafos fue el intento de que firmaran un
contrato en que eran asimilados a "proveedores de contenido" ("Photoreporters,
les illusions perdues", Michel Guerrin, Le Monde, 6 de septiembre del 2000). |